Vamos a no fundirnos con ganas.
Ahí estaba, una chica como cualquier
otra con ganas de comerse el mundo; y allí se encontraba ese chico
perdido que encontró el placer de observarla. Al principio ni se
atrevió a conquistarle su sexo, simplemente calló por miedo; pero
ocurrió, ocurrió el día en el que él quería dejar de excitarse
con ella solo con pensarla y le habló, le habló como no cualquier
otro hubiera hecho, se sinceró, le explicó el por qué había
venido a hablarle, y le preguntó si se había sentido molesta por
hacerle saber que estaba necesitado de su sudor y sus palpitaciones a
medio hacer en la cama. La verdad es que no es la primera vez para
ella recibir tales palabras, pero si que era la primera vez que sentía
tal complicidad con un extraño, era cierto que ella quería más,
pero solo se quedó en un “vente a mi cama y hablemos”. Un
hablemos que podría ser intenso y duradero o simplemente un hablemos
que hubiera durado toda la vida, obteniendo el beneficio de la duda
opto por permanecer inquieta en sus sueños para saber si aparecía y
empezaba a deslizar su mano por el pantalón o la lengua por su
cadera. Para él parecía ser nuevo, pero sin embargo le estaba
gustando al igual que le estaba costando seguir, parecía que tenia
las ganas que a otros faltaban pero que al final no podría poner en
práctica, se había convertido en el coito prohibido, en la
naturaleza lejana de la realidad. Querían fundirse esa noche y la
verdad es que solo se fundió la luna que los unía.
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